EL CIELO ENFADADO
- Benigno Morilla

- 20 may 2021
- 3 Min. de lectura

Antes de avanzar por los caminos de la Astrología y tras haber hecho una breve pero necesaria presentación del Sol y de la Luna quienes aportan la luz necesaria para ser conscientes de nuestro mundo es necesario hacer una puntualización.
Estamos acostumbrados cuando observamos la belleza del cielo a arrobarnos con su pasmosa serenidad y armonía. Nos asombra ser merecedores de estar bajo tamaño palio. Acostumbrados a este privilegio, hemos convertido el regalo de la visión del cielo como un simple escenario para una especie mediocre. Personalmente soporto mal que tras un avistamiento nocturno la mayoría de los asistentes, con cara de abobados exclamen: que “bonito”. La bóveda celeste no es bonita, es apabullantemente grandiosa. Bonito se puede aplicar a un botijo o a un simple ornamento. No dié ya el comentario repugnantemente tópico: “Que grandioso… parecemos hormiguitas si nos comparamos con la grandeza del cielo”. Pues no, no es solo cuestión de tamaña. Hacemos gala de una enorme torpeza en compararnos con el cosmos, entre otras cosas porque el cosmos no es algo ajeno a la humanidad. No es nuestro decorado del techo. No es una estampita que nos sirve de telón de fondo. El protagonista es él, nosotros, simples comparsas.
El que se haya visto implicado un fenómeno celeste apabullante sin antes haberlo presentido sabe lo que quiero decir. Este comentario viene a cuento para romper los tópicos que nos impiden ver realmente cómo son las cosas.
Hasta la mitología antigua testimonia incidentes pavorosos que, de tanto en tanto, suceden en el cielo. Un ejemplo: Recordemos (según las diferentes versiones) que Faetón, jovencito engreído hijo de Zeus quiso llevar las riendas del carro del Sol. Hecho que llevó a cabo a escondidas tras la prohibición que le impuso su padre al respecto por considerarle demasiado bisoño y por tanto inexperto para recorrer la Tierra desde las alturas
Faetón, arrogante como cabía esperar, perdió el control del carro solar que zozobró y, dando bandazos arrasó gran parte del mundo. El carro del Sol abrasó el Sur (parte conocida en la Antigüedad) quemando la flora y ennegreciendo la tez de sus habitantes que, desde entonces viró al negro.
Zeus castigaba las faltas de los humanos cuando faltaban a las Leyes de la Naturaleza lanzado su tremendo fuego en forma de rayo y acompañado de truenos pavorosos que riendo con ello mostrar quien manda en el cielo.
Muchos son los meteoros negativos que provienen del “dulce” cielo desdiciendo los estereotipos sobre la bondad sempiterna que procede del cielo.
El común de las personas, concedió poderes religiosos temibles a “objetos” provenientes del cielo y, desde entonces, muchos son los que prefieren refugiarse en sus madrigueras hogareñas considerándose, en efecto, mucho menos que hormigas desconociendo el motivo de su tránsito por la inmensidad.
Es bueno recordar esta realidad para insistir que hay dos formas de ver el cielo: a ojo desnudo o auxiliado por artefactos. La primera forma obligó al humano a mirar cara a cara y con reverencia al cielo. La segunda obligó a agachar la cabeza para poder leer en libros o en los artefactos primeros para auscultar a través de ellos lo que sucede en los cielos.
El humano posee un cuello que le permite elegir la observación deseada con total libertad. A partir de esa facultad nacieron unos estudios conjeturales que los Antiguos Sumerios llamaron Astrología por vía de los griegos. Considerado religión por unos, superstición por otros, se expusieron diversas teorías, alguna pintoresca y otras francamente acertadas. Surgió un conocimiento denostado en nuestro tiempo aunque dotad de una matemática todavía inexplicable.
Benigno Morilla






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