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  • Foto del escritorBenigno Morilla

Ensueños Democráticos


Dando un paseo por Atenas en compañía del por entonces embajador de España en Grecia, J.R. Martínez Salazar, me hizo un comentario que me llamó la atención. Se detuvo ante un edificio neoclásico para confiarme con énfasis ante tal tipo de arquitectura simuladora: “¡esta construcción no es más que un pálido simulacro de las glorias antiguas!” Continuó: “Tienes que comprenderlo… Grecia es un país ensoñado”:


Para pronunciarse tan rotundamente se basaba en observaciones de la los visitantes más ilustres que habían recalado en la embajada de España y alababan a la Grecia clásica imaginada. Solían, inconscientemente, hacer glosas con ribetes fantásticos, con sueños sin permiso de la cruda realidad que poco tenían que ver con la de los hechos acaecidos.


Con el tiempo he podido comprobar que mi amigo el embajador tenía razón cuando, posteriormente, prestando oídos a filósofos, novelistas, (entre los que me cuento), historiadores, filólogos, etc., comprobé que refutaban, por ejemplo, determinadas críticas a la democracia “por no ajustarse a la pureza que le atribuyeron en su juventud. ¿Pureza? ¿Lo impoluto como referencia? Más bien dogmatismo romántico; la ensoñación enfrentada a la realidad.

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Si preguntamos a cualquiera el significado de “democracia” primero pondrá cara de extrañeza para responder de inmediato “significa el gobierno del pueblo”. De hecho, la palabra se compone de dos sílabas demo y cracia, que, unidas, una vez latinizado del griego antiguo significan, respectivamente, “pueblo” (demo) y “gobierno” (cracia). Tan evidente resulta que así, siguiendo con las ensoñaciones, parecen proceder de algún lema de un lugar sagrado de la Antigüedad.


Parece imposible, antes la apisonadora cultural de la Historia que no puede caber duda sobre su significado primario y más evidente. Pero permítaseme añadir una variante sin cambiar ni el orden ni el contenido del término, pero que ofrece, cuando menos, una posibilidad susceptible de aportar una perspectiva conceptual mayor a la divulgada sempiternamente. Ofrezco otra lectura, lógica y cabal, apta especialmente para el inicio del gobierno embrionario de un modelo político nacido en Atenas que contradice en gran parte lo que los sabios griegos aprendieron de las civilizaciones más antiguas en sus viajes o transmitido secretamente.


Un demo era, en los tiempos del despertar de Atenas, una división urbana que aglutinaba diez etnias diferentes. En la ciudad convergían tribus o grupos culturales de distintas proveniencias de tal manera que sus moradores se reconocían por su nombre al que se añadía el demo que habitaban. De este modo, simplificaban la información sobre la ubicación de los habitantes de la ciudad.


Por tanto, un demo, además de ser seña de identidad geográfica, equivalía a una demarcación urbana que ahora llamaríamos distrito.


Por ejemplo: Sócrates pertenecía al demo de Alopece, situado al Este del centro urbano cercano al famoso gimnasio público llamado Cinosargo.


Con el tiempo los demos se fueron unificando en torno a los valores griegos imperantes, aunque había unas diferencias profundas tanto socio económica como de clase, más que notable en relación a los primeros habitantes atenienses, generalmente bien acomodados.

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Antes de proseguir quiero advertir que este artículo no pretende ser una clase simplificada y tristemente lineal sobre la formación de la democracia, sino una reflexión sobre ella casi a modo de saltimbanqui estableciendo una distinción aunque también un paralelismo con los tiempos actuales, especialmente porque la repuesta más común a la pregunta “¿qué lo diferencia de otros gobiernos?” el ciudadano común, al igual que un Antiguo ateniense suele responder probablemente que “es el menos malo de los gobiernos.” Flaca definición la del reconocimiento de que, aunque en su tiempo, mejor que otros modelos políticos, fue políticamente precario ya que en él se concitaban, a veces cruelmente, seres humanos de distinta naturaleza con ambiciones contrapuestas. Cierto es que han existido muchas variantes de democracia con caras bien distintas, rectificaciones, transformaciones positivas y otras más que discutibles, la asunción de este modelo en bloque es falaz. En muchos casos alejándose en exceso de sus principios contradiciendo las Leyes y el Orden Natural para dar carta de naturaleza a muchas flaquezas humanas.

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En el siglo VII a.J.C, los demos (demarcaciones étnicas) de consuno configuraron asambleas directas. En aquellos tiempos un consejo de terratenientes sucesores de la monarquía, llamados eupátridas, nombraron a un puñado de Arcontes (gobernantes) para que, desde el Areópago, ubicado en una colina ateniense que lleva ese nombre en honor del dios Ares, administraran Grecia. Como cabía esperar de una exagerada minoría, acumularon tanto poder y abusaron de él desmesuradamente hasta el punto de generar el descontento entre los atenienses. Pisístrato, un estratego (General griego) decantado por la defensa de los más humildes, aprovechando el descontento, no dudó en dar los primeros pasos hacia la democracia. A su muerte, Clístenes, político y teórico demócrata, culminó dichos pasos en lo que habría de ser la democracia deseada por la mayoría de ciudadanos descontentos por las desigualdades, es decir, el pueblo tomaría las decisiones a través de distintos estamentos siguiendo el lema “Gobierno del pueblo para y por el pueblo”.


Clístenes no dudó en construir un régimen donde todos los ciudadanos tenían cabida en nombre de la Igualdad, bien es cierto comprendida burdamente, aunque fraguada con buena voluntad. La insipiencia de un modelo novedoso y los oídos sordos a las advertencias vanas de los sabios de entonces salpicaron muchos contenidos de base. Crear un modelo de convivencia donde cohabitaban desheredados de la fortuna con opulentos, poner bajo el mismo techo a ilustrados con mentecatos, virtuosos con ambiciosos engreídos, instruidos con rústicos y, sobre todo, compaginar los que acudían a la política únicamente empujados por lo que Tácito llamaría siglos después la Cupido dominandi, es decir, el anhelo insaciable de poder y dominio sobre los demás, era una experiencia realmente difícil. Sobre estas personas que sólo atendía ciegamente a sus propios intereses añadía Tácito: “el Cupido dominandi es una fuerza tan arrolladora que aquellos que la sienten en su interior la consideran como un fuego que se impone sobre todos los demás deseos”. Dicho sea de paso, este tipo de pasión ni siquiera la sospecha jamás un hombre virtuoso. Es cosa de mentes lunáticas o que van camino de ella.

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Dentro de este contexto entra en juego el significado genérico de demo más allá del de demarcación urbana, sino como pueblo asociado a individuos libres que conformaban la polis (ciudad). Apoyaron mayoritariamente a Clístenes, eliminando el concepto topográfico primero para formar las primeras Asambleas populares. La democracia, en sus inicios sí pudo considerarse como el gobierno del pueblo, aunque el concepto de ciudadano libre adolecía de serias limitaciones teniendo en cuenta que las mujeres no eran consideradas ciudadanas, ni los esclavos. Tampoco eran ciudadanos de pleno derecho los llamados metecos (extranjeros) y los esclavos, considerados estricta propiedad estricta de sus amos.


La llamada Ekklesia fue la primera Asamblea popular en la que pudieron participar casi todos los ciudadanos, previo examen oral, lo que Aristóteles relata con estas palabras:


“¿Quién es tu padre, y de qué demo proviene? ¿Quién fue padre de tu padre? ¿Quién fue tu madre? ¿Quién fue padre de tu madre, y en qué demo tuvo su origen…”


Se trataba de un examen poco riguroso, pero válido si se aceptaban los pilares de la democracia, que eran: “Gobierno del pueblo por y para el pueblo; igualdad de los ciudadanos ante la Ley y los derechos consiguientes, así como sus deberes; respeto por la propiedad privada; separación de poderes, participación directa en las decisiones salvo en casos críticos como guerras y situaciones clave de Estado que tendrían que ser discutidas, organizadas y ejecutadas por los estrategos (élites militares de sobrado conocimientos).


Sin entrar en las modificaciones que el sistema democrático griego sufrió a través de los siglos con grandes intervalos debidos a guerras especialmente con Esparta, que desembocaron en dictaduras, la democracia se impuso de nuevo irritando a filósofos relevantes como Platón, que decidió criticar hasta ridiculizar este modo de gobierno en su histórico libro “La República”. Un intento de poner la pirámide democrática asentada sobre su base natural para que dejara de estar invertida.

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En efecto, la democracia, en muchos casos fue la viva imagen de una pirámide invertida. La base, el pueblo, era un segmento social ignorante de las gestiones de gobierno por no decir de casi nada que sobrepasara el ámbito inmediato. Sin embargo, la lógica igualitaria de la democracia chocaba con esta realidad geométrico/metafórica que comparaba el gobierno popular con una pirámide boca abajo donde la punta se apoyaba en el suelo, no en el cielo donde la élite preclara estaba aplastada por la mayoría. Sabemos que lo mayoritario contrariamente a lo que piensa de sí misma, no suele llevar la razón en cuestiones transcendentes que requieren amplios conocimientos además de respuestas complejas a situaciones delicadas...


La mayoría es un concepto orgánicamente impreciso, maleable, de ética cambiante dependiente de los resultados de gestiones inesperadas. Por ejemplo: englobar puntos de vista diferentes cuando no antagónicos, lo que resulta contrario a una igualdad forzada por conceptos simplones. Dentro de modelos políticos de esta naturaleza surgieron prontamente disensiones convertidas en facciones conflictivas que se resolvían en luchas intestinas permanentes. De ahí al empobrecimiento económico y la confusión mental, así como un cúmulo de penurias que obstruyeron la dinámica de gobierno. Consecuentemente se trastoca la colosal burocracia obligada por una inmensa participación en los asuntos públicos. Una de las mayores monstruosidades se impone cuando los legos eran elegidos para formar las Asambleas por sorteo. Con semejante proceder se atribuye las decisiones más arbitrarias convirtiendo una designación en un juego de puro azar. Los méritos no contaban en estas situaciones. La Aristocracia literalmente en aquel contexto significaba “gobierno de los mejores” se vio excluida de esta dinámica o, como en el caso de los estrategos, que eran llamados cuando se requiere inteligencia y competencia para resolver complicados casos de Estado, Al respecto Platón propusu un ejemplo: “Si una embarcación colmada de gente zozobra por un infortunio acaecido al piloto, ¿se puede echar a suertes quien habrá de guiar la nave, o habrá que preguntar entre los pasajeros quien tiene conocimientos náuticos para hacerse cargo del timón de manera que pueda llevar a buen puerto la embarcación?

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Esta situación se repite hoy día en ciertos países o en determinados partidos políticos, aunque por medios laberínticamente novedosos. Pero la comparación de este dificultoso salto no pasará desapercibido a nuestros lectores dos mil quinientos años después. Siguiendo con el ejemplo marítimo, observamos que el devenir de la Historia se asemeja a los movimientos oscilatorios de la mar dependiendo de las direcciones imprevistas del viento. Puede soplar a estribor o a babor, Del mismo modo, un acaparamiento de poder por pequeñas facciones “democráticas” unidas debido a muchas circunstancias posibles, lleva a posiciones extremas pervirtiendo los valores democráticos razonables. Tal estado se denomina Oclocracia (Gobierno de la muchedumbre). En ese caso las turbas toman el poder tratando de deshacerse de todo lo que se anteponga ante el nuevo status que, perdido en sus creencias imposibles de resolver, desatienden lo importante y, luego, lo urgente. Al imponerse paulatinamente el caos, reaparece la pobreza y las zozobras consiguientes. Entonces el pueblo reclama a gritos sus necesidades básicas. Esta situación desenfrenada desea el retorno de una meritocracia que sepa y pueda enderezar la situación.

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En tales casos regresan minorías autoritarias para imponer de nuevo el orden perdido. Pero no todos son meritócratas sino oligarcas. Para restablecer el orden reclamado imponen privilegios para sí mismos y pérdida de libertad para el pueblo que termina por menoscabar los derechos de los más desfavorecidos. De este modo los extremos se dan la mano y el pueblo solicita sus antiguas estructuras descompuestas. Regresarán los demócratas abrazando de nuevo sus viejos principios.


La restitución devuelve el sentido de muchos valores como el de la igualdad bien entendida. Si se disputa una carrera, la línea de salida tiene que estar situada en el mismo punto para todos los atletas. Nadie ha salir por delante de los demás. Es un ejemplo que nadie discute por su evidencia. Pero pone en entredicho algunas contradicciones. Si la familia de nacimiento es el punto de partida de la vida, siguiendo la metáfora de los atletas, habrá que convenir que las herencias sitúan en ventaja a sus beneficiarios en relación a los que no gozan de un legado familiar. Esta razón en los extremos democráticos no se consideraba justa por situar a los que carecían de legado, más retrasados que lo demás en los puestos de salida. Esto colocaba a la democracia en una posición teórica difícil de resolver.


Este es el baile circular que invita a discurso y que fuerza drásticas reformas. La primera de ellas fue poner fin a las elecciones asamblearias directas dejando paso a las representativas. Es decir, el pueblo participaba en su totalidad en la política, pero delegando su voto a los que consideraba más capacitados para los cargos requeridos.

Nació la democracia representativa, Esta obligó a reformar las estructuras asamblearias y a crear nuevos órganos de gobierno. Las urnas no quedaron canceladas, se conservaron muchos derechos logrados por las democracias y esta mantuvo su esplendor casi religioso, pero con mayor realismo que el de los radicales primeros tiempos.

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En Roma estos cambios transformaron la democracia en República. Un nuevo orden se erigió como guía más racional al someter a revisión los errores griegos. Platón en La República afirma tajantemente que los buenos gobernantes han de ser los filósofos por ser estos los conocedores del bien (posible reivindicación de Sócrates, su maestro, condenado a muerte por una asamblea popular). Roma contaba con una cantidad considerable de gobernantes instruidos en el mundo griego; algunos verdaderamente sabios. Basta con citar a Cicerón, Séneca, Tácito, etc., reconociendo que, no por ello, la urbe fue pasto de turbulencias, rebeliones, choque de culturas, así como guerras continuas.


Reconocemos que parte de los principios democráticos permanecen vigentes en diversos modelos sociales. La fuerza de inspiración de las democracias es indudable. Nace en un pueblo quimérico, pero también crítico, abierto al mundo. Navegantes en busca siempre de una verdad definitiva. Si no la encuentra en la realidad, la imagina en la literatura, caso de “La República” de Platón, hasta en la “Utopía” de Thomas Moro que describe en el siglo XVI una sociedad idílica desarrollada en una isla, como, en el siglo XX insistió Aldous Huxley en su novela justamente titulada. “La isla”.


Vivimos balanceados por ciclos alternos que van de la razón a la locura, de la oscuridad a la luz.


Conviven enmarañados conceptos con razonamientos que no dejan de lado el sentido común más elemental.


BENIGNO MORILLA. Escritor.


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